Luz para mi sendero

 

         Luz en la que contemplamos la luz (Sal 36,10).

         Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero (Sal 119, 105; Is 50,4).

         Andad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; que quien camina en tinieblas, no sabe adónde va. Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de luz (Jn  12,35-36).

 

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        De Diógenes, ese singular filósofo de Atenas, que vivía tan libre y humildemente que su vivienda la constituía una simple cuba, se cuenta esta bella anécdota.

             Alejandro Magno un día, de vuelta de sus conquistas, acertó a pasar por donde el filósofo vivía, y viéndole paró a Bucéfalo, su caballo, frente a él, y le preguntó si deseaba algo en que él le pudiera complacer. Diógenes, mirando al gran conquistador, le respondió profundo y lacónico:

             Que te apartes un poco para no hacerme sombra.

 

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         Y del extraordinario pintor El Greco, se cuenta también otra análoga anécdota: 

            Era por entonces primavera, cuando la luz de la tarde en Toledo es bellísima. El  Greco se hallaba a la hora de la siesta en la penumbra de su cuarto, cuando recibió la visita de un amigo, que le invitó a salir a dar un paseo y a tomar el sol. A lo cual el pintor le contestó:

           En este momento, no. Que no quiero apagar la luz que brilla en mi interior.

  

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           Cuanto podemos hacer por los otros y por nosotros mismos es no quitarnos esa luz interior.  ¡Ay, de aquellos  que ensombrecen la conciencia, que arrebatan la inocencia, que endurecen el corazón!…

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         Los discípulos de Emaús decían a Jesús quédate con nosotros porque anochece (Lc 24,29). ¿Anochece para quién? ¿Por qué anochece? Y es que si Cristo se va, se hace la noche. ¡Oh, divina luz! Yo he venido como la luz al mundo, para que todo el que crea en mí, no quede en las tinieblas (Jn 12,47).

         Los que creemos y proclamamos que Cristo es la luz del mundo hemos sido agraciados con la presencia de su Espíritu, a cuya luz nos es permitido ver y sentir la vida y la realidad de manera especial y nueva. Sin embargo, esa luz no nos pertenece en propiedad y en exclusiva.

         Todo hombre que nace en este mundo está iluminado por el Espíritu de Dios (Jn 1,9) en la medida de su nobleza, de su disponibilidad, de su humildad, de su apertura al Misterio.

         San Juan nos manifiesta que Cristo es la luz verdadera, la luz de la vida (8,12) que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (1,9). Ilumina a unos de una manera y a otros de otra; pero no deja a nadie solo en medio de la noche.

          Dios no retirar su luz a nadie, justos o injustos. Nos ha enviado a su Hijo y nos ha dado su Espíritu para que nadie quede en la oscuridad y se pierda. Nuestro Padre celestial hace salir su sol sobre los malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (Mt 5,47). Dios no abandona a ningún hombre.

 

         Guiaré a los ciegos por caminos que no conocen,

         por senderos ignorados los haré caminar;

         cambiaré ante ellos las tinieblas en luz, … (Is 42,16).

         Para los que yacen en la región tenebrosa de la muerte ha surgido una luz (Mt 4,16b).

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