La verdadera nobleza

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             Se cuenta que a finales del siglo XIX, en cierta ocasión, un noble dio uno de tantos convites entre gente principal.

           Uno de los invitados, en el trayecto hasta el castillo en que tenía lugar la celebración, tuvo un percance dada la oscuridad de la noche y el mal estado en que se encontraban los caminos, llenos de agua y barro. El cochero, pie a tierra, se afanaba inútilmente en arreglar la rueda y en sacar el carruaje del atasco. El principal se vio obligado a descender y echar una mano… Pero tampoco lo consiguieron. Pasaron invitados por el lugar, hasta que uno deteniendo su cabalgadura, se apeó a ayudar. Por fin, tras mucho esfuerzo lograron sacar el carruaje atascado.

           Al llegar al castillo, los allí reunidos, tras verlo entrar de tan mal facha, se pusieron a murmurar groseramente.

           Al rato llegó el otro personaje, también cubierto de lodo. Pero nadie osó hacer el más mínimo comentario. Era Francisco José I, el emperador de Austria y rey de Hungría. El cual, levantando la voz, dijo:

              —Señores… nobles, y lo de nobles lo digo no por su grandeza de corazón. —Todos se miraron atónitos. Y el rey continúo:— Ninguno de ustedes que pasaron a mi lado se dignaron en detener su cabalgadura para echarme una mano…

               Se levantó un murmullo entre ellos:

               —Si hubiéramos sabido que era su Majestad…

        —Tan sólo uno de ustedes… —Mirando y no viendo quien era, mando buscarlo.

             El mayordomo se aproximó al rey, y le dijo quedamente:

            —Majestad, parece haberse marchado. Avergonzado tal vez….

            El emperador se irguió y dijo con potente voz:

           —Quien de veras es digno de llamarse noble, aun ausente quiero distinguirle con la máxima condecoración nombrándole conde-duque y mi mano derecha y hombre de confianza.

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