La cándida inocencia

Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: Está fuera de sí (Mt 3,21).

Ya los impíos comban su arco,

aprestan en la cuerda su saeta,

para clavar en la sombra a los de recto corazón (Sal 11, 3).

*****

            Era un corazón de una candidez y pureza virginal. Una bellísima persona, de las que todo el mundo abusaba en su bondad; le engañaban como es fácil de hacerlo con los inocentes, y se burlaban de él con el mayor descaro, sin que se diera por ofendido.  Una sencillez infantil, una mezcla de abandono, ingenuidad, candor y gracia…

           A tal extremo llegaba su simpleza y el grado de su desprendimiento y generosidad que suponía un peligro para la economía familiar, pues lo daba todo: cuando un pobre llamaba a la puerta de casa, le invitaba a pasar dentro y le ofrecía cualquier cosa a elegir. Los padres estaban desesperados, no le podían dejar solo, pues al volver a casa se la encontraban medio vacía.

           Estando así las cosas, los progenitores  tras asesorarse de conspicuos expertos pedagogos, decidieron ponerlo en manos de eximios psicólogos y psiquiatras. Después de exhaustivos tratamientos psiquiátricos, lo ingresaron en un hospital para enfermos mentales.

            A los seis años le devolvieron a su casa ya “recuperado” según decían los informes médicos-psiquiátricos.

           Este tiempo alejado de su hogar, de su pueblo, de su mundo,… le había cambiado su personalidad. Se había vuelto taciturno, desconfiado, egoísta, agresivo. Ahora se emborrachaba con frecuencia y andaba constantemente metido en trifulcas. En una ocasión malhirió a un vecino, y lo metieron preso.

            Aquellos padres perdieron a su hijo para siempre. Aun cuando ya le habían perdido hacía tiempo.

 

..ooOoo..

  

           ¡Ay de quien escandaliza a un de estas almas cándidas, a esos pequeñuelos que son las niñas de los ojos de Dios¡

 

*****

  

         ¡Ah, esos “tontos”, en los que Dios tiene puestas sus complacencias![1]

         “Manténte en la simplicidad, la inocencia y serás como los niños pequeños que ignorar el mal destructor de la vida de los hombres”[2].

         En un mundo despiadado lo que se sale de la norma (“normal”) es marginado, enajenado, expulsado.

         Acabar con la bondad y la candidez de un corazón noble y puro suele ser fácil. Basta con carecer de conciencia o tener unas entrañas duras como para quebrar en el otro lo que uno ya carece, sin que le escandalice, o lo que es lo mismo, pudiendo decir “yo no me arrepiento de nada”. El espíritu del mundo hoy día lo hace propicio.

         Ser inocente es lo natural al hombre. Pero llegado a un punto, ya no hay retorno. Entonces lo sencillo se nos vuelve extraño y difícil. Si lo simple, lo espiritual, se nos hace complicado, dificultoso, no es porque lo sea, sino porque nosotros hemos dejado de ser inocentes y se nos hace inaccesible, incomprensible, lejano. Y así cabe dar razón a C. G. Jung cuando afirmaba que lo sencillo es siempre lo más difícil.

…..

 

         La sencillez equivale a totalidad de donación. Dios, que es simplicísimo, ama así, con absoluta donación. La artificiosidad, la complicación, el retorcimiento,… crea sospecha, duda, desconfianza,…  ataca la comunión, el encuentro íntimo, la entrega, el amor,…  La sencillez, la simplicidad, la pura inocencia,… es lo que hace posible la unicidad y autodonación.

…..

 

        Ser humildes, simples, requiere mucho coraje. Ser sencillos, frágiles, confiados, vulnerables, fáciles de burlar, de humillar, de faltar al respeto,… requiere mucho valor y, en cierto sentido, mucho amor a sí mismo.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] Cf. LOPEZ‑MELUS, F., Las bienaventuranzas, ley fundamental de la vida cristiana, Sígueme, Salamanca 1988, p.316.

[2] HERMAS, Mandata pastoris, 2, 1.