La acción “milagrosa” de Dios

 

         “Orad como si todo dependiese de Dios; y trabajad como si todo dependieses de vosotros” (S. Benito).

         Dios actúa discretamente. pero… precisa de las manos humanas para obrar sus milagros.

       Cuando uno ora pidiendo que Dios actúe, le permite su acción en el ámbito que le es propio, en sus circunstancias personales, sobre las que tiene relación, afectación. La voluntad del hombre es, pues, la posibilidad de acción de Dios. La puerta al milagro.

  

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          Una familia que se hallaba al borde del desahucio, al no poder hacer frente a los compromisos de pagos contraídos, rezaba con desesperación todas las noches suplicando a Dios la ayuda necesaria.

          Un día, sin saber cómo ni porqué apareció en la escurrida cuenta bancaria la suma suficiente para afrontar la deuda.

           Toda la familia lo tuvo por un milagro. ¡Y a fe que lo fue!  Un vecino, buen cristiano de los que se dice creyente practicante, había oído, en el silencio de la noche las súplicas sollozantes de sus vecinos,  y le llegaron tan adentro esas oraciones llenas de aflicción, que, conmovido, decidió actuar y poner remedio. Discretamente, sin que nadie lo supiera, ingresó sus ahorros…

           El prodigio es el corazón de ese hombre que se deja mover secretamente por la voluntad divina.

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            Un hecho real, que se está produciendo con más frecuencia de lo que sabemos:

 

              El doctor E., en otro tiempo era uno de  los médicos más ricos de la ciudad de H. Era agnóstico, hasta que un día encontró a Cristo, y entonces renunció a su consulta de la que obtenía pingües beneficios, y abrió una sencilla clínica a disposición de los pobres del `ghetto’, de forma gratuita.

            Su gesto generoso se contagió a otros colegas, llegando a ser 16 los médicos que colaboran gratuitamente con él.

           La clínica ayuda a centenares de personas. Al día atiende de 150 a 200 enfermos.  Unos son liberados de enfermedades corporales y espirituales, otros de esclavitudes de clases.

            Hay que escuchar pacientemente sus enfermedades y dolencias; se le da un consejo; se le da amor. Damos a cada paciente los medios materiales indispensables: alimentos, vestidos, muebles, mejor casa. Las iglesias nos facilitan todas estas ayudas.

          La fuente de inspiración es el vivir y transmitir el amor de Cristo. De ahí recibe la clínica la fuerza de entregarse.

         “Pocos pacientes nos agradecen los cuidados médicos”, señala E, “pero todos nos agradecen por la impresión que les hemos dado. Entre los diferentes responsables del funcionamiento de la clínica reina un gran amor, que repercute en los pacientes. Se establecen lazos personales profundo entre el enfermo y el personal que lo cuida. Todos se esfuerzan por formar una gran fraternidad”.

         “Aquí se realizan normalmente pequeños milagros. El mes pasado, por causa de un tornado se hundió el techo. La farmacia se lleno de agua; los utensilios del laboratorio se vieron afectados. Lo anunció la radio local. Este mensaje produjo un número tan grande de respuestas de clínica, firmas industriales y médicos, que en muy poco tiempo disponíamos ya de un material tres veces superior al que teníamos antes del desastre. El Señor está con nosotros cada día”.

         “El Señor quiere que asumamos la vida, la miseria y la pobreza de estas personas. Nuestro primer objetivo no es el de ganar almas. Al contrario, aprendemos a darnos totalmente sin respetar nada a cambio. Pablo nos enseña que nosotros, los cristianos, estamos en el mundo, pero no somos del mundo”.

         Dentro de poco, se espera la llegada de tantos colaboradores voluntario que ya se hacen planes para recibir 650 enfermos podría. Por las noches y en los fines de semana, albañiles, carpinteros y electricistas trabajan gratuitamente en la puesta a punto de los nuevos locales. [1]

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] SMET, W., Comunidades carismáticas, Ed. Roma, Barcelona, 1980, pp.105-124.