Hoy, 7 de marzo, es Santas Felicidad y Perpetua

Santa Perpetua y Felicidad sufrieron martirio en Cartago el año 202. El relato de las actas martiriales que podemos leer más abajo, a continuación de esta reveladora anécdota histórica, es conmovedor.

Por un momento, pensemos en cuantos mártires hoy día que, al igual que estas dos santas, dan la vida por ser cristianos en muchos lugares del mundo. 

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     Perpetua acababa de ser madre y Felicidad estaba a punto de serlo, cuando fueron conducidas a las prisiones romanas. Quejándose ésta en los dolores de su estado y gimiendo al dar a luz su hijo, se mofaba el carcelero:

     —¿Qué dirás cuando seas echada a las fieras?

     Ahora  respondió ella  sufro yo; después, otro sufrirá por mí, pues padeceré por su amor.

       Después de varios tormentos serían decapitadas.

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        “Los incrédulos ven la cruz, no ven la unción”. (San Bernardo)

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ACTAS DE LOS MARTIRES

          Martirio de las santa Perpetua y Felicidad y de sus compañeros    

      Salieron de la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, radiantes de alegría y hermosos de rostro, si conmovidos, acaso, no por el temor, sino por el gozo. Seguía Perpetua con rostro iluminado y paso tranquilo, como una matrona de Cristo, como una regalada de Dios, obligando a todos, con la fuerza de su mirada, a bajar los ojos.

      Contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. Así, pues, desnudas y envueltas en redes, eran llevadas al espectáculo. El pueblo sintió horror al contemplar a la una joven delicada, y a la otra, recién parida, con los pechos destilando leche. Las retiraron, pues, y las vistieron unas túnicas. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayo de espaldas; mas a penas se sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Luego, requerida una aguja, se ató los dispersos cabellos, pues no era decente que una mártir sufriera con la cabellera esparcida, para no dar apariencia de luto en el momento de gloria. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo:

      —¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?

      Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras:

    —Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestro sufrimientos.

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