Gimnasios e iglesias

Cuando voy a la iglesia, a misa o a rezar un rato, bien sea por la mañana o por la tarde, bien elija uno u otro templo, de los dos que suelo frecuentar, paso por delante de un gimnasio. Ya desde hace tiempo hay más que iglesias.

“Tal vez, incluso -en una ocasión llegué a comentar a la persona que me acompañaba- lleguen los templos a convertirse en gimnasios”.

Lo cierto es que el número de jóvenes y también adultos que frecuentan los gimnasios que nos rodean es extraordinario: son decenas y decenas, cientos, los que entran y salen de esos centros. En contraste con los que asistimos a las iglesias, unos cuantos, resultada desalentador, cuanto menos.

“¿Qué va a ser…? ¿En qué va a acabar todo esto? -dice mi acompañante-. Sólo Dios sabe… Pero esta sociedad en casi su totalidad ha cambiado, de la noche a la mañana, como jamás hubiéramos podido imaginar”.

Son tiempos de enfriamiento de la fe; a o lo que sigue una disminución del amor… (y un aumento del pilates). 

En muchos países cristianos, o por mejor decir en todos los países europeos, ya se han cedido o vendido lugares  del culto, monasterios, etc., para transformarse en bibliotecas, restaurantes, salones, paradores, etc. El desplome de la fe en Occidente es absolutamente desoladora; hasta el punto de temerse que en países como Bélgica y Holanda pudiera desaparecer la religión en cinco años (al menos la cristiana, pues ya sólo se practica allí la islámica). Suecia, Inglaterra… van por la misma rodada.

En los países católicos, España, Portugal, Italia,… aunque apunten hacia el mismo destino, es probable que una base, un resto, un mínimo resistente, aguante firme en la fe contra viento y marea. Gracias a la Eucarística y a la Santísima Virgen María.

 

Luis M. Mata