El hilo que impide volar

pixabay

“Después de haberlo dejado todo, es necesario dejarse, sobre todo, a sí mismo”[1].      

“… noche o purgación espiritual, con que se purga y desnuda el alma según el espíritu, acomodándole y disponiéndole para la unión de amor con Dios”[2].

“Pido a Dios que me despoje de mí mismo”[3].

*****

           Vino de muy lejos a ver un hombre santo con fama de sabio.

           Maestro, durante toda mi vida he llevado una conducta ascética, plena de mortificaciones, sacrificios, renuncias, he cumplido la ley y todos los días he hecho oración. ¿Qué debo hacer más? ¿qué me falta…?

            El sabio santo, mirando al joven pensativamente, le dijo:

            —En su caso, joven, lo veo difícil…

           El muchacho se quedó desconcertado, y, ansioso, le insistió. Y el sabio, sereno, repuso:

          Su egocentrismo es un muro infranqueable.          

          —Si es eso… Entonces habrá alguna la solución. Démela.

           La hay, pero no para usted, joven.

           El muchacho no se resignaba e insistió. Y el sabio maestro entonces le dijo:

         Si insiste… Mire, haga lo siguiente: despójese de cuanto lleva encima, quédese en calzones y paséese por la ciudad así…

       Pe ro eso es un disparate. Yo no puedo hacer tal cosa. Seré el hazmerreir… ¡Me tomarán por loco! ¡Qué clase de solución es esa!

           No ve. Ya se lo decía… Para usted no hay solución.

 

 ..ooOoo..

             San Felipe respondió a uno que se le acercó para pedirle permiso a fin de disciplinarse:

           “¿Y qué pueden hacer las pobres espaldas cuando está la soberbia en la cabeza?”

 *****

 

Un hilo puede ser una cadena, y un milímetro, una abismo. Apenas no es nada, pero hace el todo imposible. Un hilo apenas se ve es como el orgullo a alma, pero atado a la pata de un pajarillo le impide volar. El orgullo puede ser muy sutil, apenas inapreciable como el hilo, pero impide la santidad.

Llegados a un punto, en la vida espiritual ya no se puede ir más allá si no se doblega el orgullo, si uno interiormente no se humilla, sino no se le deja a Dios el único protagonismo, sin interferir en su quehacer en nosotros.

Es “pasividad” en las manos de Dios pasa por un olvidarse de sí mismo, por no reposar la mirada sobre si, sino por estar pendiente de Aquel que lo es todo. Cualquier otro movimiento por nuestra parte, paraliza esa “tímida” acción de Dios en nosotros, que pretende la unión mayor en el amor.

Si no hay una gran purificación no se puede llegar al encuentro íntimo y personal con Dios. Si el alma tiene impurezas, no deja pasar la luz. La unión de amor exige la desnudez, desprendimiento de ropaje. Llevamos demasiado equipaje encima, sobre todo a nosotros mismos. Y a veces sin ser inconsciente de ello.

Hay quien práctica la virtud del desapego, de las cosas materiales, y en la misma medida y por esa causa se apega a su ego. El fondo profundo del alma, el yo, es el que tiene que ir desposeyéndose del orgullo, de la suficiencia, del fariseísmo, de la satisfacción; De la desposesión se puede hacer una posesión. Ese yo tiene raíces muy hondas, y ahí tiene que hacer purificación, purificación pasiva, que Dios obra graciosamente. Hay que tener mucha paciencia, y llegará un día en que el hilo se cortará; además hay que estar agradecido si Dios nos mantiene en ese estado.

“¡Qué fácil es agradar a Jesús, cautivar su corazón! Lo único que hay que hacer es amarle sin mirarse uno a sí mismo y sin examinar demasiado los propios defectos…” [4]

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] TERESA DE LISIEUX, Manuscritos, 5,17.5.

[2] SAN JUAN DE LA  CRUZ, Noche oscura del alma, I, cap.8.

[3] UANMUNO, M., Diario íntimo, Alianza editorial, Madrid 1983, p.17.

[4] TERESA DE LISIEUX, Manuscritos, 13.7.