El becerro de oro

Consumirás en el fuego las imágenes talladas de sus dioses sin codiciar el oro ni la plata que los recubre (Dt 7,25).

 Nadie puede ser esclavo de dos señores, porque aborrecerá al uno y amará al otro, o bien despreciará a uno y amará al otro, o bien despreciará a uno y se afeccionará al otro (Mt 6,24).

“Guardaos bien de toda avaricia; que aunque uno esté en la abundancia, no tiene asegurada su vida con la hacienda”  (Lc 12,15).

         

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           Un acaudalado hombre de negocios amasó una inmensa fortuna. Vivía tan preocupado por ella que apenas si tenía sosiego: por las noches se despertaba sin poder conciliar el sueño y por el día estaba en constante sobresalto. Desconfiaba de todo el mundo y había llegado al extremo de contratar una agencia de espionaje para que vigilara a sus administradores. Pero ni aún así estaba tranquilo.

          Ese estado de desasosiego fue en aumento, degenerando en una angustia obsesiva, hasta enfermar profunda y gravemente de los nervios.

           Recurrió a todo tipo de medios en busca de curación. Pero ni médicos, psicólogos, curanderos… pudieron sanarle. Y la enfermedad, imparable, se agudizó hasta un punto crítico. Cuando ya estaba al borde de la locura, acudió, por fin, a visitar a un anacoreta con fama de realizar milagros.

           El santo ermitaño, tras conversar brevemente con él, le dijo directo:

           —Tengo remedio para su mal.

           El hombre se puso muy contento. Y le imploró:

           —¡Cúreme! ¡Cúreme! ¡Se lo ruego…!

           —Pero tiene un alto precio.

           —El que sea. Estoy dispuesto a pagarle cuanto me pida. ¡Dígame!

           —El precio es todo cuanto pueda pagarme.

           —¡Todo! ¡Es mucho dinero: toda una fortuna!

           —Pues ese es el precio: su fortuna. —Hizo una pausa, y añadió tajante—: Porque justamente ese es su mal, su fortuna; si no renuncia a ella, morirá. Esa es la medicina y el precio de la misma que le ha de curar.

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        Las vigilias a que acarrea la riqueza consumen el cuerpo, y la preocupación por ella ahuyenta el sueño. La preocupación del día impide dormir, y más que una enfermedad grave aleja el sueño (Eclo 31,1-2).

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         El avaro codicia, acumula dinero, pone su identidad, su seguridad, su realizarse como persona en el triunfar en los negocios cuyo distintivo es el dinero. Esto produce un estado de embriaguez y exaltación patológica del dinero al que se ha transferido la autoestima y el único criterio de valor. El dinero les es todo.

 

         “Yo o exhorto a huir en todo de la avaricia y a no traspasar nunca los límites de lo necesario. Y es así que la verdadera riqueza y a la opulencia indestructible esa en buscar lo necesario y distribuir debidamente lo que pasa de la necesidad.”[1]

 

         Pero la avaricia no sólo tiene el color del dinero, sino que cualquiera de nosotros hasta el más pobre puede convertir cualquier cosa en objeto de codicia. A lo cual, por lo tanto, es aplicable cuanto pensamos acerca del concepto dinero.

 

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            Hay diferentes formas de avaricia, y hasta en las mejores causas puede darse:

       Hasta la entrega, el bien, la generosidad, etc., se pueden convertir en ego-ismo, en desamor, en satisfacción posesiva…

          Uno se puede dedicar a los demás, por los demás mismos, por amor, o se puede dedicar por uno mismo, por orgullo, por su ego-ismo. En este caso la obra no descansa sobre la bondad y la entrega, sino sobre la avaricia.

          Quien no renuncia a sí, no puede dedicarse a los demás.

 

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         Quien descubre el tesoro que lleva dentro y se cierra sobre sí mismo, o es que verdaderamente no lo ha encontrado o es un avaro (y lo es porque no lo ha descubierto con su encanto, es decir, que el tesoro que esa inmensa riqueza  es gracia), y que la paradoja está en que esa riqueza cuanto más se da gratuitamente en más riqueza se incrementa, y al contrario, se empobrece. Pues para confundir a la lógica del mundo, lógica avarienta, ese tesoro no es posesión sino donación.

         El inventor de esta lógica la del darse, la del amor  no somos nosotros, sino el mismísimo Dios, y a quien no le convence esa forma de pensar, quien no se compromete con ella, quien no la sume y la lleva a su vivir cotidiano, digámoslo claro, no cree realmente en su autor, es decir es un ateo prácticamente, por mucho que diga “¡Señor, Señor…!”

         Guardaos bien de toda avaricia; que aunque uno esté en la abundancia, no tiene asegurada su vida con la hacienda (Lc 12,15).

 

         “Lo que El quiere es que desterremos de nuestra alma los dogmas acerca de las riquezas, la desenfrenada codicia y enfermedad de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera vida.”[2]

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] SAN JUAN CRISOSTOMO, en SIERRA BRAVO, R, Doctrina social y económica de los padres de la Iglesia, Cia, Bibliografica Española, SA, Madrid 1967, n.386.

[2] SAN CLEMENTE DE ALEJANDRIA, en SIERRA BRAVO, R, Doctrina social y económica de los padres de la Iglesia, Cia, Bibliografica Española, SA, Madrid 1967, n.120.