El avance de la apostasía

Occidente avanza (retrocede) en esa dirección. Y España es un fiel reflejo de ello, un alumno destacado. Tristemente.

Nos referimos a España porque es la sociedad que mejor conocemos, por ser a su vez un buen referente para hacer una proyección general y porque ofrece una singularidad casi única -por su exagerado, casi violento, de su cambio-. España, cada vez menos católica, cada vez más incrédula y atea. Baja el porcentaje de católicos lo mismo que sube el de ateos.

Según los datos de la agencia EFE, publicados el 31 de mayo de 2018, una de cada cuatro personas, no es religiosa. Es decir, el 25% de los españoles, cuando hace 17 años, en el 2000, era el 13%.

Es un cambio extraordinario por rapidísimo al casi doblarse el número.

Lo más grave no es ya el hecho en sí, sino la tendencia que marca. Aunque si bien, en el último año parece apuntarse una pequeña ruptura, disminuyendo unas décimas (8) con arreglo al año anterior (2016).

Otro dato relevante es el de las religiones con mayor índice de ateos, que se corresponde con las más prósperas económicamente: Cataluña, Cataluña, País Vasco, Baleares y Navarra.

En cuanto a los jóvenes que no creen en Dios ni practican ninguna religión llegaron en el 2017 al 53,5 %, superando por primera vez a los que sí creen.

En los mayores de 65 años, el porcentaje de los que se declaran no religiosos es de un 6,7%.

Y otra conclusión que se podía extraer, es la deserción de los herederos de esa tradición bimilenaria, los hijos de los padres y abuelos creyentes actuales han apostatado de las creencias que han mamado y en las que han sido bautizados.

Esto habla claramente de un enfriamiento de la fe. ¿Este enfriamiento de la fe, la caridad…, tan históricos, es aquel del que profetizaba Jesús al referirse al fin de los tiempos…?

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