El amor que regenera

 

Nuestro origen está en el amor, en el amor de un Dios Padre que nos ha dada lo vida. Cuando nos destruimos negando nuestra esencia, por el pecado, la maldad, la pérdida de inocencia, los desengaños de la vida, los fracasos, las humillaciones, las heridas…, no tenemos más alternativa que volver al amor. Es amor es lo que nos regenera. El ser queridos fortalece los músculos de la confianza, de la fe, de la esperanza, y nos levanta del polvo en que hemos caído.

Testimonio de ese amor regenerativo puede verse en el profeta Óseas (capítulos 1-2): ama a su esposa que se porta incorrectamente, con un amor constante logra devolverle su corazón de virgen. De semejante manera es como Dios nos ama: no porque seamos buenos, sino para que seamos buenos, y para que nosotros hagamos lo mismo con quienes nos fallan. Dios con su amor echa sobre nuestras espaldas la responsabilidad de humanizar a quienes nos rodean, tal y como hace Óseas.

Hay quien ama fundamentalmente entre actos puntuales a veces contradictorios. Y sin embargo, entre imperfecciones el proyecto substancial prevalece. Nuestro protagonista confiando, acogiendo, respetando, amando,… ¾si se quiere entre luces y sombras y de forma no ideal¾, regenera, salva, recrea, levanta la dignidad de esa mujer prostituida.

Vislumbrar la secreta presencia de Dios, la acción de su gracia,… su manera de estar presente, de hacer, etc., a veces nos resulta incomprensible para nuestra estrecha lógica humana.

Jesucristo escandalizó a los piadosos de su tiempo tomando sus ejemplos de ámbitos situados fuera de los marcos del buen tono y de los que se consideraba verdadero, bueno y aceptado. Así, para mostrar la gracia del amor propone el ejemplo del hereje samaritano; para mostrar la gracia de la prontitud en la obediencia aduce el ejemplo del centurión romano; para mostrar la gracia de la compasión alaba el ejemplo de la prostituta María Magdalena. Y recrimina a los judíos por haberse vueltos ciegos e incapaces de ver a Dios fuera de los lugares señalados.

Hay quien no comprendiendo, por una falta sin duda de caridad y de inteligencia, que el hombre lamentablemente es un ser en las actuales condiciones imperfecto, limitado,… buscan denodadamente lo perfecto, pretenden que se haga todo a la perfección. Y esto es un imposible. Todo lo que haga el ser humano habrá de contar con una cierta contaminación, una impureza,… que se nos escapa, que no controlamos del todo,… entre los pliegues del corazón. Todo compromiso, toda obra, generalmente tiene algo de ambivalente. La perfección, entre los humanos, no existe. Y pretenderla obstinadamente revela rigidez de la mente y corazón.

Todo ideal en las actuales condiciones humanas al hacerse realidad admite merma.

El perfeccionismo puede resultar paralizante. Es, sin duda alguna, un “puritanismo castrante”; en el sentido de que no crea, no produce, no obra ni actúa hasta que no consiga una pureza absoluta, y como ésta obviamente no se da, no hace nada.

Querer tenerlo todo “claro y distinto”, correcto, no expuesto a errores y fallos, es un cartesianismo inviable, irracional por inhumano e imposible mientras estemos en este mundo.

¡Cuántos bajo ese manto de nitidez y pureza ocultan el negarse a reconocerse como humanos, con carencias, pecadores,…! ¿No es esto, acaso, un pecado mayor contra la humildad!!Cuidémonos del orgullo de la perfección¡    El orgullo de la propia virtud es mortal.

Quien busca la perfección se busca a sí mismo. Lo que va en contra de la perfección misma.

      

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