Discurso poco halagüeño a los oídos del mundo

              Las raposas tienen cuevas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8,20).

         Porque los judíos piden milagros, y los griegos buscan la sabiduría; mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles (1 Cor 1,22-23).

  

*****

         El día en que enseñaste: “Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos”, yo no estaba allí. Si hubiera estado junto a Ti, te hubiera susurrado al oído: “Por favor, cambia, Señor, tu discurso, si quieres que alguien te siga. ¿No ves que todos aspiran a las riquezas y a las comodidades? Catón prometió a sus soldados los hijos de África, y César las riquezas de la Galia, y, bien o mal, encontraron seguidores. Tú prometes pobreza, persecuciones. ¿Quién quieres que te siga?”       Impertérrito, continúas y te oigo decir: “Yo soy el grano de trigo que debe morir antes de fructificar. Es preciso que yo sea levantado sobre una cruz; desde ella atraeré a mí el mundo entero”.

       Ya se cumplió esta profecía: Te levantaron sobre la cruz. Tú la aprovechaste para extender los brazos y traerte a la gente[1].

*****

 

         Hasta ahora padecemos hambre, sed y desnudez. Somos abofeteados y andamos errantes, y nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos. Insultados, bendecimos; perseguidos, los soportamos; difamados, respondemos con bondad. Fuimos hasta hora como basura del mundo, como desecho de todos (1 Cor 4,11-13).                

         Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame (Lc 9,23). La verdad, esta propuesta a simple vista humana no convence a nadie.

         Si ser cristiano es parecerse a Cristo, ¡la que te espera!, cabría exclamar. El amor topa irremisiblemente con la cruz.  ¡Ah,… pero más allá, atravesando la cruz, trascendiéndola, aparece deslumbrante la Gloria! ¡Oh, amor glorioso!  Contemplemos el rostro de Cristo y dejémonos fascinar por su belleza, que es el resplandor del rostro glorioso del Dios invisible.

         “¡Qué contraste con las muertes de Moisés, Buda, Confucio…! Todos ellos murieron en edad avanzada, coronados de éxitos a pesar de los desengaños, rodeados de sus discípulos y seguidores”[2].

…..

 

         Escrito está:

         Cristo nos redimió de la maldición de la Ley, haciéndose maldición por nosotros, porque está escrito: “Maldito el que está colgado en un madero” (Gal 3,13).

         Resulta poco convincente que, por ejemplo, un ejecutado hoy en la silla eléctrica fuera el que atrajera a la humanidad entera hacia sí.  Jesucristo, un maldito que cuelga ejecutado en un madero −la crucifixión era la silla eléctrica de entonces− haya sido el Ser humano por excelencia y el Dios salvador. Sin duda que a los oídos del mundo resulta ser predicar a un mesías crucificado escándalo…y locura… (1 Cor 1,22-23), escándalo y locura para sus esquemas mentales.

          Todos se dispersaron y Él se quedó solo.  No comprendieron realmente a Jesús hasta que con su resurrección les hizo ver que El era no el “maldito” sino el “bienaventurado”, el que se había “aventurado-bien” (González de Cardedal).

…..

 

         La Verdad no se la discute, se la acoge, se la admira, se la quiere.

         Quien lee el Evangelio y no siente un no sé qué que le hace decir dentro de sí “esto es la verdad” ha perdido la capacidad de vibrar, de inocencia, de enamorarse de la verdad,… se le ha endurecido el corazón.

         Hay quien razona, piensa, siente, según el mundo,… de ahí que la belleza del Evangelio, que el amor, que la verdad contenida,…  no le seduzca, no le diga nada, ni le comunique nada. El Evangelio es como una pasión por la verdad y lo auténtico.

         No se puede hacer mucho por explicar el Evangelio, si uno no siente algo. En primer lugar hay que vibrar, simplemente vibrar, y para eso hace falta ser un poco niño. Los niños comprenden, presienten el secreto, inmediatamente. Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas a los sabios y prudentes, las has revelado a los pequeñuelos (Mt 11,25).

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

 

[1] JP, en RS, n. 569, Mayo 1977, p.25.

[2] GC, p.51.