Comunión de los Santos

Según nuestra fe cristianocatólica la Iglesia o Cuerpo Místico de Cristo comprende la Iglesia militante, los que estamos aquí en la tierra, peregrinado; la Iglesia purgante, los difuntos que se hallan en el purgatorio, purgando en espera de entrar en el Cielo, y la Iglesia gloriosa, la de los miembros que se encuentran gozando de la presencia de Dios, en la gloria.

Una de las más gratas y reconfortantes noticias es la de no estar solo y saberse perteneciente a una comunidad, a una gran familia, con un Padre Dios y una multitud de hermanos.

Esta gran familia compuesta por innumerables hermanos, la mayoría anónimos, hay una verdadera y estrecha vinculación, a través de la vida que comunica el Espíritu Santo, de tal modo que todos estamos involucrados y nos sentimos corresponsables de todos los miembros de esta gran familia.

San Pablo nos expresa como es esa vinculación familiar a través de la figura del cuerpo: «Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así también es Cristo. Porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo, y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo Espíritu. (…) Los miembros son muchos, pero uno solo el cuerpo. Y no puede decir el ojo a la mano: No tengo necesidad de ti. Ni tampoco la cabeza a los pies: No necesito de vosotros. (…) De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado, todos los otros a una se gozan.» (1 Cor 12, 12-26.) 

«Comunión de los Santos. —¿Cómo te lo diría? —¿Ves lo que son las transfusiones de sangre para el cuerpo? Pues así viene a ser la Comunión de los Santos para el alma.» (San José María Escrivá de Balaguer, Camino, n. 544).

Jesucristo ha querido asociar a todos en la obra de Salvación, que todos los miembros de su Cuerpo Místico tengan una participación en lo que Él ha llevado a cabo con su redención.

De la misma manera que en un cuerpo natural la actividad de cada miembro repercute en beneficio de todo el conjunto, así también ocurre con el cuerpo espiritual que es la Iglesia: como todos los fieles forman un solo cuerpo, el bien producido por uno se comunica a los demás (Santo Tomás, Sobre el Credo, 1. c., 99).

Venimos a ser como una comunidad civil, en la que cada uno contribuye con la cuota asignada, aportando cada uno en la proporción de sus fuerzas, lo que podríamos llamar su cuota de sufrimientos. (San Agustín, Coment. sobre el Salmo 61).  

 Todo lo de uno redunda en beneficio de los otros por el amor. Este es el que da cohesión a la Iglesia y hace comunes todos los bienes (Santo Tomás, Sobre la caridad, 1. c., p. 219).

Hay una corresponsabilidad. De modo que en cuanto hacemos, cada uno, hay una gran responsabilidad; pues no sólo afecta a cada cual en particular, sino también al conjunto de los miembros del Cuerpo de Cristo.

Los que están unidos por un amor santo, aunque no hayan recibido los mismos dones de la gracia, gozan mutuamente de sus propios bienes; y lo que aman no les es nada extraño, pues cada uno encuentra crecimiento y alegría en el progreso de los demás (San León Magno, Sermon 48).

Y me atrevo a decir que la corresponsabilidad es grave, por importante, en el sentido de que creo que Dios en su infinita misericordia ha dispuesto todo para que nuestras obras repercudieran especialmente en beneficio de todos más que en perjuicio.

Estamos bienaventuradamente unidos en fraterna caridad, y coparticipamos de la comunicación de los bienes espirituales.

 

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