Carlos Blanco: «Dios continúa siendo la pregunta más profunda que puede plantearse el ser humano»

Con sólo 27 años, Carlos Blanco acumula los saberes precisos para intentar plantear y responder correctamente las grandes preguntas del ser humano. Con formación a la par científica (es licenciado en Química) y humanística (con dos doctorados, Filosofía y Teología), ha sido dos años Visiting Fellow en el Comité para el Estudio de la Religión de la Universidad de Harvard y actualmente es investigador y profesor en el Instituto de Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra.

¿Qué es la “mismidad”?
Por “mismidad” entiendo aquello que no cesa de reafirmarse a sí mismo, lo que se justifica por su mero “yacer ahí”. Como proclama un célebre verso de Silesius: “La rosa carece de porqué; florece porque florece…”. La naturaleza, aunque evolucione y experimente transformaciones extraordinarias, fuentes de formas nuevas y fascinantes, en realidad se limita a afianzarse a sí misma, a reiterarse, a cumplir sus leyes y a “volver sobre sí misma”. No aprecio novedad auténtica.

¿Qué aporta la conciencia?
La conciencia, en cambio, se define por su “indefinición”. Vive exiliada de cualquier “centro”, y su ser consiste en preguntar, en socavar pilares, en no sentirse nunca satisfecha con nada, en no reafirmarse, sino en volcarse “hacia fuera”. Es indigente, pero por ello busca lo nuevo, lo creativo.

“El anhelo de permanencia encierra voluntad de vida”, afirma en su libro, donde sin embargo habla sin tapujos de la muerte…
Convencerse de que estamos abocados a la muerte puede entristecernos. Yo no soy una excepción: me agobia la muerte, y me parece el misterio más hondo y estremecedor del ser humano. No entiendo que despleguemos un ímpetu tan hermoso por crear, por amar, por conocer (pero también, es cierto, por destruir, odiar y borrar), para diluirnos en una inmensa e inconsciente masa cósmica. Sin embargo, la muerte es nuestro destino.

¿La fe nos permite remontarlo?
Quien tenga fe, profesará esperanza en una vida ultraterrena, pero creamos o no en la inmortalidad del alma, pienso que percatarnos de la finitud intrínseca a nuestra existencia ha de instarnos a buscar algo “permanente”, inmarchitable, en medio de una vida tan fugaz.

¿Hay una lectura cristiana de todo esto?
He tratado de plasmar una filosofía que pueda interpelar por igual a creyentes y no creyentes. Como decía, pienso que en la búsqueda del amor, de la belleza y de la sabiduría todo ser humano puede encontrar un sentido “permanente” para su vida mutable y efímera.

Para los teólogos escolásticos ese anhelo era una prueba de la inmortalidad del alma…
Sin duda, para los creyentes, ese anhelo de permanencia evoca una rúbrica de la llamada humana a lo divino. Para el escéptico, tan sólo transparenta el resultado de poseer un sistema nervioso hiperdesarrollado que rebasa las meras necesidades de adaptación biológica. Este enfoque explica la conciencia y sus preguntas más elevadas “de manera ascendente”. Muchos filósofos y teólogos (como San Anselmo y Descartes) lo han empleado, en cambio, para incoar un argumento “descendente”: tengo la idea de infinito, pero al ser yo finito, sólo lo infinito podría haber plantado la semilla de lo infinito en mi espíritu; ergo Dios existe…

¿Cómo interpretamos ese argumento?
Yo lo interpreto como un signo de la incesante trascendencia del ser sobre sí mismo (¿hacia dónde?; lo ignoro…). En el libro me pregunto más bien cómo descubrir el cielo ya en la Tierra, cómo divinizar la Tierra y engrandecer lo humano, pero no excluyo, por supuesto, que subsista un cielo más bello y profundo, un cielo eterno, más allá de la Tierra. Sólo la fe puede dilucidarlo. Sí creo, en cualquier caso, que soñar con el cielo dignifica la aventura humana, ya que nos exhorta a trascendernos, a superarnos. Algo similar a esa proclama tan aleccionadora que figura en El Juego de los Abalorios de Hesse: “Hay que trascenderse”.

Las páginas de Conciencia y mismidad remiten continuamente a tres “fines en sí mismos”: amor, belleza, sabiduría… cualidades que se identifican con Dios.
En cierto sentido, sí. Dios continúa siendo la pregunta más profunda que puede plantearse el ser humano. La razón tiembla, y nos acerca a una encrucijada. La belleza del mundo, el milagro de la vida, la inteligibilidad de la naturaleza… reflejan a Dios, pero el mal, la fugacidad y el sinsentido borran su rastro. Parece que hemos sido condenados a peregrinar, eternamente, en torno a las mismas cuestiones. Por otra parte, sugiero una convergencia de amor, belleza y sabiduría, pero me muestro incapaz de darle forma, porque no estoy tan seguro de que estos “límites asintóticos” siempre confluyan. La verdad no siempre es bella, a veces es horrenda; el amor no siempre dimana de la sabiduría… En definitiva, no sé a ciencia cierta cómo entender el ser divino…

Ese “espoleamiento” ¿no es ya previo a la teología natural?
En el caso de la teología natural, me parece un interesantísimo ejercicio del intelecto, pero no creo que vaya a avanzar mucho con respecto al estado en que quedó, digamos, en tiempos de Leibniz y antes de la devastadora crítica de Kant. Yo mismo escribí, cuando tenía quince años, un librito titulado Diálogos en torno al argumento ontológico, porque me fascinaban este tipo de cuestiones, pero después me di cuenta de que la frontera entre la filosofía y la teología es demasiado profunda.

Carmelo López-Arias 
Fuente: https://www.religionenlibertad.com/carlos-blanco-dios-continua-siendo-la-pregunta-mas-profunda-que-puede-29089.htm