Absoluta confianza y relativa prudencia

         He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. sed, pues, prudentes, como las serpientes y sencillos como las palomas (Mt 10,16).

          No sabes que el enemigo da vueltas como león rugiente, buscando a quién devorar (1 Pe 4,8).                         

         “Tan gran virtud como riego es ser bueno entre los malos” (F. Quevedo)[1].

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         El inocente, cuando se fía, hace lo natural en él. El que le engaña y se aprovecha es el que yerra en su ser.

         La ternura es fácil de herir. La inocencia es fácil de engañar. La bondad es fácil de golpear.

         Hasta la inocencia puede ser instrumentalizada. Precisamente la inocencia.

         Solo el ser humano “adulto” es capaz de ser una cosa y fingir ser otra diferente. Y así es como se entra irremediablemente en el mundo de la insinceridad y del control, exiliándose del Reino, propio de la inocencia de la infancia.

          En un mundo sin espacio para la candidez y la inocencia, conquistar un corazón noble es recuperar la capacidad de tender hacia el bien y de complacerse en el mismo. Cuando no hay inocencia hay encanallamiento.

 

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         Un creyente no puede por menos que ser amable, puro en sus intenciones, abierto, generoso, confiado,… Ha de abrirse a los demás, crear comunión y amistad,… Y ello conlleva inevitablemente un riesgo: el de fiarse, el de la buena fe, el de la inocencia, el de la ingenuidad, el de ser vulnerable,… Engañarle será fácil, muy fácil. En cambio, al hombre de mundo, al que se mueve ladinamente entre las cosas de aquí abajo, resulta difícil. No obstante, el creyente está avisado que las cosas de arriba, las cosas que hacen comunión, las cosas del Reino de Dios, pueden ser destruidas,… y por lo tanto tiene que estar prudente, vigilante, orante.

         Y a todo ello hay que añadir que la virtud de la prudencia no se puede sustituir por un simple aprendizaje. Se necesita de la ayuda de Dios, velad y orad, para que no caigáis en tentación (Mt 26,41a). “Una prudencia extraordinaria, de la que nadie puede disponer si el mismo Dios, fuente de todos los bienes, no se la infunde…”[2].

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] Marco Bruto, “Obras Completas”, Ed. Aguilar, Madrid 1932, p.594.

[2] AG, en SB, n.756.