San Francisco de Borja

SAN FRANCISCO DE BORJA Resultado de imagen de imagenes san francisco de borja

“Todo lo que tiene fin no hay que hacer caso de ello”, decía Santa Teresa[1].

“Lo que no es eterno -la Trascendencia- no merece ser saludado, no merece ser ambicionado” (texto de la tradición budista).

“La cuestión decisiva para el hombre es: ¿estoy unido o no con lo absoluto? Ahí está el criterio de la vida. Es solamente cuando uno se percata de que lo absoluto es lo esencial, cuando deja de centrar su interés sobre futilidades, sobre cosas que no tienen una significación decisiva… Cuando se comprende y se siente que desde esta vida se está unido a lo infinito, los deseos y la misma actitud se transforman” (Carl Jung). 

 

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           Francisco de Borja, marqués de Lombay, el día 16 de mayo de 1539 llegaba a Granada, acompañando el cadáver de la emperatriz Isabel, esposa del emperador Carlos V. Terminadas las solemnes honras fúnebres y antes de proceder a la sepultura en la capilla Real, donde yacen los restos de los Reyes Católicos y de sus hijos, hubo que proceder al reconocimiento y entrega del cadáver.

           Al contemplar el semblante de la emperatriz, la impresión que recibió el joven marqués de Lombay fue extraordinaria. Quedó anonadado ante al visión de los estragos que en el breve plazo de unos días había hecho la muerte en el rostro de la que había sido la más bella mujer. En quince días se había corrompido por completo la serena hermosura de aquella rosa lusitana que tanto había alegrado a la corte y al pueblo de España.

           Francisco de Borja no pudo dormir aquella noche. La pasó en oración. En el interior de su alma se oía una palabra nueva: “nunca más servir a señor que pudiera morir”.

            A los pocos días se celebran solemnes funerales en la catedral de Granada. Predica la oración fúnebre San Juan de Ávila. Las palabras del predicador inundan con nueva luz lo que hasta entonces era solamente una aurora prometedora en el alma de Francisco.[2]

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            El sol ardiente se ha levantado y ha secado el heno, se ha marchitado la flor y ha desaparecido su belleza;… (Sant 1,11).

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                   “Nata te turbe/ Nada te espante

                   Todo se pasa/ Dios no se muda

                   La paciencia todo lo alcanza/ quien a Dios tiene

                   Nada le falta/ Sólo Dios basta”                     (Santa Teresa)[3].

 

Hay quien a lo insignificante lo da una importancia exagerada, y a lo mayúsculo lo minimiza hasta ignorarlo.

La persona madura cuando emerge sobre las futilidades, cuando sus raíces están agarradas en la tierra de lo estable y permanente.

Quien no vive su sentido vital, su puesta en escena, desde lo trascendente, desde un hundir sus raíces en tierra firme, estará expuesto a los vaivenes del momento, al oleaje de las circunstancias, al capricho de las cosas, bajo la influencia del instante, …sin anclaje seguro, sin Verdad,…      Procuremos hacer pie.

Se dice que la sensación de plenitud, felicidad, realización, está en hacer algo de alto nivel con la vida. Pero nos negamos a renunciar a lo que no tiene importancia. Quien quiera hacer algo “importante” con su vida, que empiece por asumir renuncias. Nada superior se ha hecho sin sacrificar lo inferior. Pero… ¿tenemos verdaderamente claro qué es lo superior, lo importante, dónde se halla la plenitud, cuál es el telos, el blanco,…?

Somos arqueros a acertar no tanto en el blanco, sino con el blanco. Andamos un camino equivocado, y no es que lo andemos cojeando, tropezando, con marchas atrás y adelante,… sino que sencillamente no es el camino.

Lo visible nos obstaculiza la visión de lo invisible, el reino que no es de este mundo (cf. Jn 18,36). Las cosas del espíritu tienen una dificultad, y es que no se “ven”, no se ven como las cosas sensibles del mundo. Contemplar las cosas que a simple vista no se ven, requiere de otra mirada y de mucho coraje.

 

Lo importante, lo que tiene peso, está en el fondo, sumergido tras la aparente superficialidad; quien no profundiza en sí, en su vida, no percibe la riqueza interior. El tesoro siempre está oculto, en las profundidades. ¡Hay muy pocos que tengan el valor de ir a buscarlo! ¡Eso implica riesgo y un compromiso de lealtad con uno mismo y un sacrifico por el precio a pagar cuando se busca sinceramente la verdad!

No busquéis, no, el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna (Jn 6,27).  Resultado: cinco  mil hombres a la salida, doce a la llegada. Y aún es justa la pregunta: ¿Queréis marcharos también vosotros?” “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6,68).

[1] TE, p.97.

[2] GG, pp.37-38.

[3] Poesías, 30.

 

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