Santo Tomás de Villanueva

Santo Tomás de Villanueva

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           Si llegaba algún mendigo después que se había repartido todo el pan, Tomás de Villanueva pedía a su madre que le diese la ración que a él le correspondía, como así lo hacía ella a menudo para probar la virtud de su hijo. Pero otras veces se lo negaba; entonces le pedía Tomas sus ración de comida como para comerla con sus amiguitos, pero era para darla de limosna.

           Estado un día su madre fuera de casa, llegaron seis pobres. No hallando nada que darles, fuese el santo niño adonde estaba una gallina con seis pollos que criaba, y repartió los pollos entre los pobres, dando a cada uno el suyo. Vino su madre, y pregúntale cómo había hecho aquello, respondió sonriendo:

           –Señora, no me sufrían las entrañas que los pobres se fuesen como habían venido. No hallando pan ni otra cosa que darles de limosna, les he dado un pollito a cada uno, y si viniera otro pobre, pensaba darle la gallina.[1] 

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“El amor de la Iglesia por los pobres… pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de la bienaventuranzas (cf. Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf. Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf. Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de hacer partícipe al que se halle en necesidad (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa”[2].

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 Le dice Dios a santa Catalina de Siena: “Os he colocado al lado a vuestro prójimo a fin de que hagáis por él lo que no podéis hacer por Mí”[3].

Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Sant 2,8b). Con ello no se supone que el amor propio esté mandado, sino que sirve, como bien dice J. Fichtner, para “descubrir la medida del amor”.

La medida de nuestro amor a los demás viene determinada por la medida de nuestro amor a Dios, y este amor es un amor que no tiene medida.

Es un amor que da lo que tiene. No se reserva nada.

“El malentendido más común cosiste en suponer que dar significa “renunciar” a algo, privarse de algo, sacrificarse. (…) El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero sólo a cambio de recibir;  para él, dar sin recibir significa una estafa”[4].

“El amor ¾como dijera Doña Concepción Arenal¾ vive más de lo que da que de lo que recibe”.

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El amor, la cantidad de amor puesto, es lo que hace grande cualquier cosa, por ínfima que sea. Y es curioso que sea algo gratuito ¾pues el amor se caracteriza por serlo¾  lo que precisamente de valor a lo que a los ojos del mundo parece insignificante. El amor da valor, valor eterno a cualquier obra salida de nuestras pobres manos humanas.

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Biografia

 

Hoy, 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen María, se celebra también la vida de este santo que nació en 1486 en Fuenllana, Ciudad Real, España, zona geográfica mundialmente archiconocida porque Cervantes situó en ella a su Quijote. Tomás García Martínez, más conocido como Santo Tomás de Villanueva, creció en Villanueva de los Infantes, localidad natal de sus padres, de ahí el sobrenombre que le acompaña. Sus padres poseían una rica hacienda, pese a lo cual muchas veces el muchacho andaba desnudo porque había dado sus vestidos a los pobres. Queda en pie parte de la casa original, con un escudo en la esquina, al lado de un oratorio de la familia.
Fue el mayor de seis hermanos; uno de ellos también se abrazó al carisma agustino. Su formación cristiana y piedad con los pobres lo aprendió de su madre. Y tanto calaron sus enseñanzas en él, que lo mismo se desprendía de las prendas que vestía para dárselas a los menesterosos y volver a casa sin ellas –sabía que recibiría la aprobación materna– como de su merienda. Lo enviaron a estudiar a Alcalá de Henares con 15 años. Cursó filosofía en el colegio franciscano de San Diego, y en el de San Ildefonso. Cuando se integró en la Orden de los agustinos de Salamanca en 1516, estaba matriculado en teología, y desde 1512 había ejercido la docencia en filosofía en la universidad de Alcalá. Entre otros alumnos tuvo a los insignes Domingo de Soto y Hernando de Encinas. También fue consejero y confesor de Carlos I de España. Fue ordenado sacerdote en 1518, a la edad de 33 años. Después sería sucesivamente prior conventual, visitador general, y prior provincial de Andalucía y Castilla. Paulo III lo designó arzobispo de Valencia en 1544.

Se ha destacado del santo su intensa espiritualidad marcada por la oración continua, fidelidad, obediencia, la caridad con los enfermos, por los que se desvivía actuando como un ejemplar enfermero, y su amor al estudio. Entregado a los actos de piedad, y lector de textos devotos, era muy austero.  Poseía un encendido amor hacia los pobres hasta entregarles todos los bienes, incluida la propia cama, se desprendió del humilde jergón que le servía de lecho entregando a los pobres el dinero que le dieron. Decía: «La limosna no solo es dar, sino sacar de la necesidad al que la padece y librarla de ella cuando fuere posible».

Agraciado con experiencias místicas, no siempre pudo ocultarlas a los demás, como deseaba. Al terminar de oficiar la misa caía en éxtasis y los asistentes percibían su rostro nimbado por la luz. En una ocasión, predicando en Burgos, mientras levantaba el crucifijo exclamó: «¡Cristianos, miradle..!», sin poder añadir más por haberse sumido en un rapto.

Tuvo asimismo una gran devoción por la Virgen María, cuyo corazón comparó a la zarza ardiente, que nunca se consumía.

Murió el 8 de septiembre de 1555, a los 66 años. Paulo V lo beatificó el 7 de octubre de 1618. Alejandro VII lo canonizó el 1 de noviembre de 1658.

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] PP, p.29.

[2] CI, p.29.

[3] ESTEBAN PERRUCA, J., Santa Catalina de Siena, Folletos Mundo Cristiano, nº 27, Abril 1967, p.35.

[4] FA, p.31.